Larga vida al papel: Materiales de impresión sostenibles para exposiciones temporales

Los folletos ya no son lo que eran. Hace diez años los guardaba para recordar cada una de las exposiciones que había visitado. Los archivaba cronológicamente y los separaba de los materiales educativos, que almacenaba aparte. Hace diez años no teníamos otra alternativa para capturar esas experiencias en la memoria. No teníamos apps, ni webs de museos como las de ahora y hasta las galerías editaban catálogos.

La era de la crisis de la palabra impresa no ha conseguido convencernos de la supremacía de la edición digital, sino más bien concienciarnos de la importancia de editar lo necesario y hacerlo bien. A día de hoy, de esa colección abrumadora de memorabilia expositiva no conservo más que unos pocos ejemplos, como la información, editada con aspecto de periódico, que acompañaba al proyecto Micropolíticas (EACC, 2003), cuyas exposiciones marcaron un antes y un después en mi actividad investigadora. Papeles con un valor añadido más allá de la constatación.

Cada vez son más las instituciones que optan por prescindir de los trípticos en favor de hojas de sala reutilizables, apps y páginas web monográficas, módulos interactivos, audioguías y demás prolongaciones de la experiencia expositiva. Hay mil alternativas mejores y más acordes con nuestra manera actual de procesar la información y, pese a todo, muchos siguen sintiéndose frustrados cuando descubren que no hay nada que puedan llevarse a casa. Es el efecto souvenir que, sin embargo, no es infalible. Un porcentaje altísimo de esos trípticos que salen por la puerta del museo no pasarán más de veinticuatro horas antes de acabar en la basura.

La gran pregunta es: ¿Deberíamos seguir manejando un formato que conocemos, perpetuando así un modelo que potencia el derroche y el deterioro medioambiental, o sería mejor dejar de imprimir esos trípticos que, con tanta ilusión, algunos atesoran? En este post intentaré justificar por qué no es necesario responder a esta pregunta.

¿DE VERDAD NECESITAMOS 5.000 TRÍPTICOS PARA UNA EXPOSICIÓN QUE VAN A VISITAR 2.000 PERSONAS?

A la hora de presupuestar una exposición, siempre hay, por defecto, un apartado dedicado a los materiales de imprenta, donde se incluyen trípticos, carteles y demás. Tradicionalmente, a no ser que el presupuesto sea muy limitado, esta partida se da por hecho. Imprimir folletos es muy barato, y ahí es donde aparece el primer problema. Imprimir folletos es tan barato porque se trabaja con cantidades desorbitadas, que rara vez responden a las necesidades reales del evento.  Si habéis formado parte de una organización cultural pequeña, posiblemente estaréis familiarizados con los protocolos de destrucción, e incluso hayáis pasado algunas horas de vuestra vida triturando trípticos de hace tres años o reutilizando carteles para tomar notas. Buscar nuevos usos a todos esos materiales está muy bien, pero lo ideal sería evitarlo con una planificación previa.

Aquí van algunas ideas:

Antes que nada deberíamos preguntarnos, ¿son los trípticos necesarios o van a duplicar la información de los textos de sala? ¿Hay otras maneras efectivas de comunicar ese mismo contenido? Las alternativas, para su uso en el interior de la exposición, podrían ser los propios textos de sala, hojas de sala en diferentes materiales reutilizables, módulos interactivos con acceso a información ampliada, realidad aumentada, apps, un apartado específico en la web del museo, audioguías y tablets, etc. En el caso del folleto souvenir podríamos optar por contenidos descargables exclusivos para los visitantes de la exposición, o, directamente, por estandarizar una entrada específica para cada exposición que fuera suficientemente atractiva –y coleccionable– como para sustituir al clásico folleto. También se puede elegir un formato más pequeño sin pliegues, que condense la información con un ahorro considerable de papel.

* No olvidemos que muchas de estas alternativas son muy caras y no necesariamente más ecológicas que encargar unos cuantos miles de papelitos plegados en tres. Lo digital no siempre es mejor –luego retomaremos este aspecto– y materiales de uso frecuente en los textos de sala como el vinilo presentan muchos más problemas en términos medioambientales que el derroche de papel.

Ahora bien, en muchos casos la voluntad de imprimir una tirada de trípticos será más fuerte que las ganas de innovar o su adecuación al contexto estará totalmente justificada. En estas situaciones, lo importante es una buena planificación y una toma consciente de decisiones.

Debemos:

  • Calcular el número de ejemplares sin miedo a quedarnos cortos. Siempre se puede pedir una segunda tirada, mientras los 1.786 folletos que no cogerá nadie no desaparecerán por arte de magia. Es decir, optar por decisiones reversibles.
  • Elegir una imprenta que ofrezca garantías en términos de sostenibilidad. Algunas no sólo utilizan procesos de impresión ecológicos –optimización del papel, eliminación del tratamiento químico de las planchas, tintas y papeles sostenibles–, sino que colaboran en proyectos medioambientales para compensar su huella de carbono –iniciativas de reforestación, por ejemplo–.
  • Seleccionar un papel 100% reciclado o certificado FSC y tintas vegetales.
  • Optimizar el transporte del producto acabado. Una tirada de mil trípticos pesa bastante poco, así que si puedes evitarle el viaje a la furgoneta hasta la puerta de la oficina muchísimo mejor.

¿Y QUÉ HACER CON TODOS ESOS TRÍPTICOS ERRANTES?

¿Alguna vez habéis intentado devolver un sobrecito de ketchup en McDonalds? Hacedlo y veréis como no se puede: una vez el ketchup ha tocado tus manos está contaminado, connotado por el uso, nunca más se reincorporará al inicio de la cadena. Está condenado a la destrucción.  Afortunadamente, los trípticos de los museos tienen unas expectativas de futuro más alentadoras.

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Buzón de devolución de hojas de mano. National Portrait Gallery, Londres.

Los buzones de devolución de hojas de mano son cada vez más frecuentes a la salida de museos y exposiciones, en teoría para facilitar el trabajo a los visitantes que, como yo, disfrutan devolviéndolas a su lugar inicial. Sin embargo, me pregunto si alguno de esos folletos es verdaderamente reutilizado o si todos ellos van a parar a un contenedor de reciclaje. Es una manera de asegurarse de que van a ser debidamente procesados, sí, pero a mí no me basta. Yo quiero que mi hoja de mano tenga múltiples vidas, y por ello me esfuerzo en cuidarla mientras paseo por la exposición, evitando esa tendencia a lo pocho que tienen los folletos en contacto con el sudor.

Como alternativa al contenedor, se me ocurre que alguno de esos cientos de talleres infantiles de reciclaje que tienen lugar todos los fines de semana en museos de todo el mundo podría valerse de esos folletos en el limbo, concienciando a su vez del impacto medioambiental del museo y el compromiso de sus visitantes para luchar contra él.

¿Y POR QUÉ NO HACERLO TODO DIGITAL?

Pues porque digital –y online– no es necesariamente sinónimo de bueno, ni mucho menos de ecológico. Si, como yo, compraste un Kindle calculando cómo compensar la huella de carbono, sabrás que el coste medioambiental de mantener nuestra identidad y hábitos digitales es muy alto. Y, sin embargo, lo asumimos e intentamos ser coherentes con ello. Hay muchas razones para optar por los contenidos no impresos –interactividad, empoderamiento, permeabilidad–, pero su conveniencia en términos medioambientales no es una prioridad. Mientras escribo, hay un centro de datos a muchos kilómetros de mi casa que está utilizando una cantidad obscena de energía para que yo publique este post y me vaya a hacer una tortilla de patata con huevos ecológicos. Cada uno lo compensa como puede.

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