Las cuatro claves del voluntariado en museos

VolunteerEn un momento en el que hay tanto espacio para opinar, debatir y proponer, a veces resulta difícil encontrar tiempo para hacer. Hace poco hablábamos sobre la fascinación popular por la ciencia en La ciencia mola –y los museos lo saben–. Está claro, todo el mundo está a tope con la ciencia en términos conceptuales, pero ¿cuánta gente sale al campo a identificar árboles o queda con sus amigos para construir robots caseros? Con un ejército de divulgadores y una minoría para reclutar, el potencial real de transformación queda en nada.

En más de una década he cambiado pañales, impartido talleres y desarrollado iniciativas comunitarias; he guiado exposiciones, actualizado bases de datos y servido el desayuno a personas sin hogar. Es fácil pensar que hay mil cosas por hacer y que, al fin y al cabo, sólo se trata de hacerlas. Sin embargo, el voluntariado también puede ser una experiencia muy frustrante. Y es que no todos los programas de voluntariado son programas en sí, ni cuentan con un esqueleto básico compuesto por una estructura, unos principios y unos objetivos. Muchas veces, y pese a que la buena voluntad de sus miembros prevalezca, las organizaciones que dependen de voluntarios son un desastre.

En España, por ejemplo, el voluntariado siempre ha estado vinculado a cierta idea vaga de caridad cristiana connotada por el concepto de sacrificio. Renunciamos a nuestras comodidades para aliviar escenarios ajenos de vulnerabilidad y, como recompensa, nos conformamos con la satisfacción moral que produce haber obrado bien. Este marco sirve para entender ciertas prácticas altruistas, fundamentalmente aquellas que intervienen con colectivos vulnerables o hábitats amenazados, pero no dan respuesta a la complejidad del voluntariado moderno. Es por esto que en muchos sectores, en los que la caridad no actúa como motivación, se entiende aún al voluntario como un profesional no remunerado fuera de la ley. De hecho, ya hablamos del papel de los voluntarios en el sector cultural y de la importancia de entenderlos como un colectivo aparte, separado de becarios, estudiantes en prácticas y trabajadores, e integrado, a su vez, en el organigrama del museo.

Después de doce años, tres países y mucha reflexión sobre la importancia del voluntariado para el desarrollo comunitario, por fin he encontrado una institución que cumple todos los requisitos. Desde el pasado enero participo en uno de los programas del Museum of London, que desarrolla también iniciativas como el premiado Volunteer Inclusion Programme. Mi trabajo como Archaeology Family and Schools Volunteer en el London Archaeological Archive and Research Centre no está retribuido económicamente, pero las condiciones en que se desarrolla, y los beneficios que me reporta, exceden las de muchos trabajos remunerados que he tenido en el pasado. Es triste decirlo así, pero me siento más digna siendo voluntaria en el Museum of London de lo que nunca me he sentido como empleada en España. Esto me hace pensar, ¿puede servir la coordinación de un programa de voluntarios como laboratorio para experimentar en materia de políticas de bienestar laboral? ¿Es ese pensar más allá de lo económico una oportunidad para explorar la satisfacción intrínseca del trabajo bien hecho y la pertenencia a un equipo? Si bien es cierto que el dinero ayuda a ser feliz –y quien diga lo contrario es porque no ha conocido el abismo de la necesidad–, también lo es que la dignidad de una actividad profesional no es directamente proporcional a la compensación económica recibida por ella. ¿Cuáles son entonces, si el dinero queda a un lado, las necesidades de los voluntarios?

Las resumiré en cuatro puntos básicos.

Los voluntarios necesitan…

–          Facilidades prácticas.

Parece una afirmación muy básica, pero no todas las instituciones que ofrecen oportunidades de voluntariado tienen en cuenta que los voluntarios son personas con vidas estructuradas, o no, y circunstancias socioeconómicas diversas. Por ejemplo, hasta llegar a Londres nunca una institución se había ofrecido a cubrir mis gastos de transporte y comida, lo que aquí es una condición básica de casi cualquier programa. Un voluntario no cobra, pero tampoco debería gastar dinero para poder desempeñar sus funciones. Desgraciadamente, el motivo principal de que esto no se ponga en práctica es la falta de organización y no tanto la ausencia de medios.

–          Formación.

Si, como yo, tenéis una trayectoria diversa en el mundo del voluntariado, sabréis que, con demasiada frecuencia, el voluntario es lanzado a desempeñar sus funciones sin entrenamiento alguno. Muchas veces la promesa de formación específica se retrasa o, simplemente, no llega. Otras, la ausencia de un programa propiamente dicho desemboca en un escenario trágico en el que un mayor o menor número de personas con energía y buena voluntad luchan por sacar adelante un proyecto con resultados mediocres que nadie evaluará ni monitorizará. Este sistema, sobre todo cuando incluye algún tipo de proceso administrativo, suele ser desastroso. En respuesta a esta situación, la formación es la clave. Formar a los voluntarios no sólo garantiza el correcto desarrollo de sus funciones, sino que estandariza un modelo de actuación y facilita la consecución de unos mismos objetivos. Por otra parte, más allá de los beneficios prácticos, recibir formación refuerza la motivación de los voluntarios, ayuda a integrarlos dentro de un equipo y les da seguridad, dentro y fuera del entorno de la institución. Es importante pensar que la formación y la adquisición de nuevos conocimientos y habilidades pueden ser, para muchos, el motivo principal para participar en un programa de voluntariado o colaborar con una determinada organización. Mi programa en el LAARC, por ejemplo, incluía ocho semanas de entrenamiento en materias tan variadas como principios básicos de arqueología, manipulación de objetos, técnicas de archivo o aspectos legales relativos al trato con menores de edad.

Un buen programa de voluntariado debería explorar las necesidades de sus miembros y ofrecer oportunidades de formación para ajustarse a ellas. Estas pueden apostar por fomentar conocimientos transversales, no necesariamente vinculados con las funciones a desempeñar, como talleres de habilidades de comunicación, soporte en la búsqueda de trabajo o gestión de proyectos.

–          Reconocimiento.

Como ya tratamos en Trabajar gratis y algo más. ¿Cuál es el papel de los voluntarios en los museos?, el reconocimiento es un aspecto fundamental a la hora de retribuir la labor de los voluntarios. Agradecer el trabajo altruista significa crear un escenario que, en el día a día, garantice la dignidad y satisfacción de los voluntarios, pero también movilizar recursos para desarrollar eventos especiales en los que, explícitamente, se ponga de manifiesto su contribución a la institución. Hace algunas semanas conocí a la voluntaria del año del Museum of London, que reconoció haberse sentido abrumada por tal reconocimiento, a la vez que muy orgullosa de haber destacado en su labor haciendo algo que le apasiona. A veces, que te inviten a comer unos sándwiches basta. Los pequeños gestos compensan.

–          Un plan.

Muchos voluntarios de museos disponen de tiempo libre como consecuencia del desempleo, buscan ser útiles ante la imposibilidad de incorporarse al mundo laboral a causa de una discapacidad o disfrutan desarrollando sus habilidades una vez jubilados. También hay estudiantes que exploran posibilidades laborales para el futuro, profesionales que no se conforman con su rutina laboral o gente a la que, simplemente, le gusta trabajar por la comunidad. Si bien los perfiles son muy diversos y las motivaciones varían de una persona a otra, cualquier voluntario tiene unos objetivos concretos que le han llevado a integrar esa actividad en su vida cotidiana. Es decir, todo voluntario tiene y necesita un plan. Mi plan al incorporarme al programa del Museum of London era expandir mis habilidades en el terreno de los museos, adquirir experiencia en una organización local y mantenerme en contacto con mi profesión mientras buscaba trabajo. Entre mis compañeros, algunos buscaban decidir el rumbo de sus estudios, trabajar con niños de manera creativa, adquirir experiencia para aplicar al terreno de la enseñanza o dar un giro a su carrera profesional. Muchas de estas motivaciones tienen que ver con lo laboral y el museo lo sabe; apoyar a sus voluntarios y asesorarles en la medida de sus posibilidades permite utilizar este plan inicial en beneficio de ambas partes.

Los voluntarios necesitan estas cuatro cosas y algunas más. Conocer las circunstancias particulares de cada uno y explorar nuevas posibilidades de comunicación son estrategias clave para fomentar una relación duradera, convirtiendo el museo en un lugar mejor para voluntarios, profesionales y visitantes. Un sitio, no al que ir, sino en el que querer estar.

 

 

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4 Respuestas a “Las cuatro claves del voluntariado en museos

  1. Ojalá bien pronto alguna institución inteligente de nuestro país sienta la necesidad de contar con tu bagaje profesional y te permita sembrar la semilla de un nuevo concepto de voluntariado. El problema es que quizá para que ello sea posible tendremos que cambiar antes el país.

    • Gracias, Manel :) Me temo que hay muchos cambios que hacer antes de que ocurra eso, pero en las pequeñas iniciativas está el verdadero potencial de transformación. Hay que dejar de pensar que todo está perdido.

  2. Hola Sara,
    Estoy interesada en hacer un voluntariado en algún museo de Londres, necesito mejorar mi nivel de inglés y además creo que me serviría en mi formación como estudiante de Historia del Arte, para ello, me gustaría preguntarte como se puede conseguir y si es complicado que te cojan.

    Muchas gracias

    • Gracias por tu mensaje, Melania, y disculpa por haber tardado tanto en responder – acabo de tener un bebé y hacía mil que no encendía siquiera el ordenador. Me parece buenísima idea que quieras ser voluntaria en algún museo de Londres. ¿Vives aquí o estás pensando en mudarte? Los roles suelen ser a medio – largo plazo y generalmente se exige alguna referencia, depende del tipo de puesto, si vas a tratar con niños o adultos vulnerables… En museos pequeños es muy frecuente contar con voluntarios para los servicios de atención al visitante. En este caso lo más probable es que no te pidan ninguna referencia pero sí un compromiso más o menos largo. Escríbeme a sara@museogogreen.com y me cuentas qué es lo que te gustaría hacer para poder aconsejarte mejor. He estado trabajando en eso durante el último año y conozco muy bien el panorama del voluntariado en la ciudad, por lo que puedo echarte una mano sin problema :)

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