La ciencia mola -y los museos lo saben-

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Este dinosaurio no sabía que yo era de letras. American Museum of Natural History. Nueva York, 2010.

Nunca entendí eso de ser de letras o de ciencias, aunque, por lo que a mí respecta, siempre me identifiqué con los que leían más rápido que la media y odiaban las matemáticas. Sin embargo, no pude evitar cuestionar ese paso a la vida adulta que significaba dejar atrás la historia o las matemáticas, la literatura o la biología. En mi caso se llamó Letras Mixtas, categoría muy frecuentada por estudiantes confusos o adolescentes que, como yo, lloraron el día que sus padres les dijeron que la literatura no era suficiente. En una época en la que tus capacidades se veían cuestionadas por tal diferenciación, solo te quedaba una opción: sentirte mejor que los “otros”.

Como decía al principio, nunca entendí por qué, al llegar a cierta edad, solo algunos elegidos merecían conocer el origen del capitalismo, mientras otros pocos descubrían los misterios del calentamiento global. No veía claro qué nos hacía diferentes en ese acceso al conocimiento, si todos vivíamos bajo las mismas nubes y compartíamos un mismo pasado. Y, sin embargo, nunca creí haberme equivocado. “Nosotros” éramos creativos, desarrollábamos discursos más complejos, teníamos mejores conversaciones. En términos generales, todo indicaba que nosotros molábamos más. Nosotros, que leíamos a Rimbaud y creíamos entender el comunismo, nosotros que fuimos bendecidos con el conocimiento de la historia, no fuimos capaces, sin embargo, de predecir el futuro. En ese momento no sabíamos que, quince años después, la ciencia iba a molar.

Y es que, a simple vista, la ciencia ganó la batalla –o eso diría yo a juzgar por los resultados de la búsqueda “I fucking love science” en comparación con su rival “I fucking love history”, argumento no científico de alguien que estudió Letras Mixtas–. La ciencia mola no solo en la medida en que mola su iconografía –tantas tablas periódicas a mi alrededor y aún me hace gracia pronunciar Rubidio– y su presencia en los medios de masas –pensad en esa serie de calidad irregular que tanto ha hecho por la popularización de la física e imaginad ahora qué aspecto tendría una sitcom protagonizada por doctorandos y profesores asociados de Historia del Arte–; mola porque nos ha robado lo más preciado a nosotros, lectores de Rimbaud y tarareadores de canciones tristes, nuestra principal arma contra el conocimiento empírico. La ciencia también se ha apropiado de la creatividad.

Pensad en los mejores museos –los de ciencias–, los mejores espectáculos de la tele –los de experimentos–, los mejores fondos de pantalla en internet –exacto, nebulosas–. La ciencia nos ha ganado. Pensábamos que eran aburridos y nos habían engañado; los “otros” también entendían a Rimbaud y sabían tener conversaciones largas –lo que era de esperar si nosotros valíamos para las matemáticas–. Afortunadamente, solo tuvimos que esperar unos años para descubrir que en realidad no existía tal abismo, para darnos cuenta de que, en realidad, nos necesitábamos.

De hecho, ya ni tan siquiera existe un nosotros, o al menos eso me pareció cuando en 2012 fui invitada a dar una ponencia en el Museo Nacional de Antropología con motivo de la Semana de la Ciencia. ¿Quién me lo iba a decir a mí, pensé, que me matriculé por error en la Facultad de Psicología y corrí despavorida al ver que también allí crecían matemáticas? Tampoco existe el nosotros en los museos, donde ciencia y creatividad van de la mano en infinidad de programas educativos y exposiciones. Ahora bien, no todos los museos combinan con la misma naturalidad los dos aspectos. Los museos de ciencias han sido más rápidos y más listos, mientras que los de otras tipologías siguen encontrando más dificultades a la hora de justificar la incorporación de la ciencia en el contexto de sus programaciones. Y aquí rompo una lanza en favor de ese antiguo “nosotros”: el museo de ciencias es más maleable, sí, pero también lo es el arte contemporáneo en su facilidad para adaptarse a cualquier temática. El Science Museum de Londres incorpora proyectos de artistas contemporáneos en su exposición permanente –las instalaciones de Climate Changing, actualmente en exposición, dialogan tan bien con el discurso de la colección que es difícil ver el límite entre ambos mundos–: ya tenemos creatividad en el museo de ciencias.

El camino inverso parece siempre más complicado. Me vienen a la mente programas educativos como Arte y Ciencia. Otros ojos para ver el Prado, exposiciones como Eureka! o juegos, como el preciosísimo Wondermind de la Tate, pero no sin cierta dificultad. También recuerdo una discusión de Linkedin que sigo desde hace algunas semanas titulada Bringing Science into Living History Museums –para acceder tenéis que suscribiros al grupo AHLFAM (Association for Living History, Farm and Agricultural Museums), muy recomendable, por otra parte– o las obligadas referencias a la ciencia en el apartado dedicado al Departamento de Conservación en la web de cualquier museo. ¿Cómo introducir, sin embargo, el conocimiento científico en el discurso histórico-artístico de cualquier museo de arte local? ¿Somos capaces de contar historias que relacionen arte y ciencia sin mencionar el uso de la luz en la pintura impresionista o la química de los pigmentos?

Ya no hay nosotros, ni ellos, y hemos crecido suficientemente como para comprender que la ciencia, como la historia, molan en la medida en que tienen que ver con nosotros. Ahora bien, estamos en un momento en el que la ciencia mola tanto que hay gente dispuesta a defenderla con camisetas, con tazas, con espacios televisivos, con festivales y microuniversos infinitos que te acechan desde Tumblr. La ciencia, como nueva religión de una generación saturada de pseudoconocimiento, puede llegar, incluso, a abrumarte. No dejes que eso pase y empieza a prepararte para la nueva era. Porque sí, como estarás imaginando, llegará un día en que la historia también mole; y molará tanto que la gente querrá llevar cronologías en camisetas y beber en tazas con forma de caja de archivo que, miradas desde cierto punto, parezcan depositar una capa de polvo en el café. Hay que estar preparados para ese día porque entonces –y esto es una asunción puramente acientífica– los museos serán la bomba.

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12 Respuestas a “La ciencia mola -y los museos lo saben-

  1. Hola Sara, aunque te sigo hace tiempo, es la primera vez que añado un comentario a uno de tus posts. En primer lugar, decirte que son muy interesantes y acertados en todos los aspectos que tocas, además de útiles para generar nuestras propias reflexiones sobre todo para los que trabajamos en museos y nos esprimimos el cerebro a menudo para hacerlo lo mejor posible.
    El tema de esta vez, lo considero especialmente interesante y, como a ti, me parece que ciencia y arte deberían haber ido más de la mano desde siempre. Yo también estudié el BUP mixto.
    Personalmente me gusta mucho la serie a la que haces referencia y también he notado la línea de “estos museos molan” que han ido adquiriendo los “museos de ciencia”. No todos, claro. Como estas cosas a veces van por modas, si es cierto que desde hace unos años han proliferado en diferentes ciudades esos centros donde se puede tocar y experimentar todo lo que se quiera y en los que ves riadas de niños tocando como posesos todo lo que les sale al paso. Quiere decir eso que asimilan / entienden / se quedan con alguna cosa? Tengo mis dudas, pero a lo mejor tampoco es el objetivo.
    Me pregunto si la proliferación de estos centros, la programación de la famosa serie, etc. no surgieron como una necesidad de que la gente se acercara más fácilmente a ciertos temas que parecían exclusivamente para cerebritos y alejados del común de los humanos. Vamos, si no habrá sido por un lado una especie de necesidad de humanizarlos y por otro una obligación dada la evolución constante en el conocimiento y las nuevas tecnologías.
    Creo que se tuvieron que poner las pilas y les ha dado resultado. Porque lo que sí que parece que todo el mundo ha tenido claro desde hace mucho tiempo es que museos eran los de Arte y como mucho los de Historia (me refiero a los de Ciencias Naturales, Arqueología, Etnografía…). Otra cosa es que todo el mundo entienda de Arte o conozca de primera mano la Historia que se explica en algunos museos, por más que sea la de su propia ciudad. Y eso que, como también dejas claro, para explicar según que temas artísticos o históricos, no se puede prescindir de procesos técnico-científicos y viceversa.
    Mira, no estaría mal fijarnos un reto: idear la sitcom de Historia del Arte. Se me ocurre que, dejando a un lado doctorandos y profesores, entre los aristas de la historia de nuestro país tenemos muchos en los que poder inspirarnos para crear personajes realmente curiosos, atractivos e interesantes. Y si sumamos los internacionales, tendríamos serie para rato…

    • ¡Muchas gracias por tu comentario, Ana! Me encanta que hayas decidido participar después de un tiempo siguiendo el blog.

      Como tú bien dices, el origen de la actual omnipresencia de la ciencia en la cultura popular tiene bastante que ver con un intento de hacerla accesible al público general, un intento que ha funcionado muy bien. Si te das cuenta, muchísimas iniciativas innovadoras en el campo de la educación o el uso de las TIC se han desarrollado en torno a la divulgación científica y conceptos como la “citizen science” han influido directamente en la manera en que entendemos los proyectos culturales participativos en la actualidad.

  2. Hola Sara!! Tu post me ha hecho pensar en la actualidad de los museos ciencias y su aproximación al público, en cómo se han puesto las pilas y han renovado sus maneras de mostrarse y relacionarse con el público. Mientras muchos museos de arte siguen con sus formatos expositivos, formatos que se han convertido en códigos cerrados y que la institución arte ha convertido en modelos, en espacio congelados donde no pasa nada. Aunque no hay que olvidar que desde hace algún tiempo se ha producido una experimentación de esos formatos, en la mayoría de los casos desde iniciativas independientes o de instituciones menores, pero ¿desbancaran alguna vez estas nuevas formas a los códigos establecidos?
    Sara ¿te imaginas una sitcom sobre el departamento de Historia del Arte de la facultad donde nos licenciamos? Yo casi que prefiero no verla.

    • ¡Gracias, Sandra!

      Estoy totalmente de acuerdo con lo que comentas. De hecho, me molestan mucho los museos que no alteran sus discursos expositivos y se limitan a añadir espacios anexos con modulos interactivos -hace algún tiempo hablé sobre esto aquí: https://museogogreen.com/2012/05/29/dentro-o-fuera-espacios-interactivos-en-el-museo-4/-. Los museos de ciencias han sabido integrar mucho mejor el componente experiencial en su espacio expositivo.

      Con respecto a una serie del Departamento de Historia del Arte de nuestra casa del saber, te digo que sería más bien una tragedia y que sólo serviría para disuadir a futuros licenciados. Horror :D

  3. Hola Sara, si bien hace tiempo que sigo con atención los artículos en tu blog es la primera vez que me animo a comentar. Probablemente sea porque además de resultarme un planteo interesante, me siento un poco identificada con aquello de formar parte de los que huimos de las matemáticas y las ciencias exactas hacia la literatura.
    En mi caso particular, soy Comunicadora Social y trabajo en un Museo de Ciencias. Sí, a muchos les suena raro: no es “mi campo”, provengo de las denominadas “ciencias blandas” y otros etc. Pero precisamente es allí donde radica la importancia del diálogo entre disciplinas y abogar por un discurso más inclusivo, entendiendo que el conocimiento no es acabado y se construye socialmente. Como bien describís a lo largo de tu texto, los museos de ciencia “molan” -o resultan una propuesta más “entretenida” a la hora de elegir una propuesta cultural- por la infinita oferta de experimentación con objetos (tocar, sentir, en fin, apelar a todos los sentidos). Ahora bien, como expresa Ana Grande (en el primer comentario) el gran desafío que se presenta en los museos de ciencias, es precisar que el concepto de “interacción” no se traduce manipulación física de los objetos, y que por apretar varios botones a la vez el visitante no se apropia del conocimiento ni asimila conceptos. Ahí entra en juego la capacidad de construir discursos y formas creativas entre todos, sin aquella división dicotómica entre ciencias duras vs. Blandas.
    Me parece que lo sucede con los museos de artes –desde un punto de vista profesional y como asidua visitante de los mismos- es que en la gran mayoría se sigue reproduciendo un discurso más elitista, o al menos se lo percibe como más distante con los públicos (es lo que observo en mi país). Aunque, en la actualidad han comenzado a surgir propuestas teatralizadas (en donde convergen arte y ciencia) y me parece una propuesta valedera para pensar el diálogo y construir puentes entre disciplinas.

    ¡Un placer leerte!

    Saludos, desde Argentina.

    • ¡Gracias, Nerina! Me alegra que te hayas decidido a comentar. Me gusta, también, que cuentes tu experiencia en Argentina. Yo suelo hablar, fundamentalmente, sobre casos españoles o ingleses -los que conozco bien-, pero sé que el blog tiene muchos seguidores en Latinoamérica :)

      Estoy totalmente de acuerdo en la importancia de la interdisciplinariedad a la hora de desarrollar discursos complejos e interesantes. De hecho, en el caso de los museos, son los enfoques híbridos los que albergan un mayor potencial de involucrar al visitante. Con respecto a la interacción causa-efecto basada en pulsar botones, yo también creo que es una manera bastante primaria e inefectiva de entender el componente experiencial del museo. Muchas veces se interpreta que la participación necesita de pantallas y botones para atraer a un público acostumbrado al lenguaje de las TIC, y se invierte muy poco en desarrollar propuestas creativas que trasciendan la simple mecánica de funcionamiento del módulo en cuestión. Yo soy una fiel defensora de clásicos como el disfraz y nunca me cansaré de reivindicar que probarme una capa o sentir el peso de un casco sobre mi cabeza me hace mucho más feliz que tocar un botón y que aparezca un texto.

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